Silencio. Oscuridad. Silencio y oscuridad. De repente una gota, salada, cálida, que comienza a recorrer por la frente hasta alcanzar el puente de la nariz. Desde allí se deslizará rápidamente hasta caer sobre la alfombra azul, marcándola en un tono más oscuro. Otra gota hace el mismo recorrido, y tras ella otra, y así, muchas. Cada una erosiona la concentración, distrae del silencio, hace vacilar la profunda oscuridad garantizada por los párpados cerrados. Peor cuando aquellas gotitas hacen su camino a la comisura de los labios, o logran entrar por una pequeña rendija a los ojos, provocando ardor. Y sin embargo el ejercicio principal es la permanencia y la ausencia, a pesar del deseo de estar, y aliviar la tensión que ha crecido en los músculos, al cabo de breves respiraciones en una posición incomoda, difícil, y sin embargo, natural. Como recordar algo que no se hacía hace mucho tiempo. Pero mientras todo esto ha sucedido, la desconexión ha terminado. Y se debe iniciar otra vez, con una profunda respiración. Como la vida, como la muerte.
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Agosto 2024
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