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Existe una curiosidad innata en el ser humano por lo antiguo. Esa pretensión por aprehender aquello que no nos perteneció, que estuvo aquí, antes de nuestro tiempo. La obsesión por las fechas, los hechos, los días, las formas de pensar. A ratos, el deseo de discernir a la precisión aquello que marcó la cotidianidad hace 100, 1000, 10000 años puede parecer fútil o prepotente. En realidad es temor. La conexión con el pasado permite asir nuestro presente, precario, en una columna de certezas, donde saber cómo fue el tiempo anterior permitiría tranquilizar el incierto presente, sustentar los días por venir. Buscar continuidades, anhelar patrones y esperar que ignotos ciclos se cumplan, parece ser una marca de humanidad ante la vastedad del futuro.
Y también, la mirada sobre lo antiguo puede ser una eficiente manera de evadir los rigores de la actualidad. Hurgar incesantemente en viejos arcones, abandonados templos y desiertos que antes habían contenido bullentes metrópolis quizás no es tanto sobre nuestro pasado como mecanismo para entender el futuro, sino, tal vez, una forma de suspender el presente. Simplemente.
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Agosto 2024
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